martes, 1 de enero de 2013

Sofía que sueña





Quizás debería comenzar a escribir el libro de mis sueños/pesadillas.
Es decir, la única realidad y sus infinitas metáforas para saber que bueno, que estamos vivos y la experiencia del caos por suerte, de vez en cuando nos pega esos sacudones que tanto necesitamos.
Qué bueno.

Si tan solo.
                                        Pero no.


Todo iba ocurriendo en un escenario infantil, tan típico en la cabeza de Sofía. Se sentía ese bienestar de niños que se arriesgan a jugar juegos que no pueden jugar porque saben perfectamente qué ocurrirá al final.
Estaban parados en ronda, figura repetitiva en cuestiones de rituales particulares.
Pero Sofía tenía una sombra y eso le daba un status completamente responsable y por eso peligroso.
Y Sofía conocía perfectamente a su sombra. Era algo así como el dolor. La sombra se burlaba de cada ser humano que se encontraba en esa ronda. Se les acercaba y tomaba la forma de los miedos más recónditos o de las miserias más perversas de los que estaban allí. Entonces sólo Sofía podía ahuyentarlos momentáneamente, rescatarlos (por decirlo de alguna manera) de ellos mismos. Es decir, tranquilizarlos y demostrarles (totalmente insegura, claro, porque ella también es humana y sobre todo niña y estaba en una ronda como el resto) de que aquéllo era una sombra, su sombra más precisamente y que el resto era el resto, es decir, había un resto que sólo por existir le quitaba el poder a esa sombra.
Hasta que la sombra se metió con Sofía.

Y Sofía se dejó seducir hasta convertirse en una Martirio.





Mientras tanto, del otro lado (porque siempre existe un mientras tanto, del otro lado) él la admira mover su pie derecho, señal de que está inmiscuída  casi por completo en algún mundo increíble (propiedad de sus inconsciencias), probablemente dormida, desvergonzadamente desparramada en la cama, abrazada a su almohada como si fuese lo único que necesitase, con los párpados totalmente rendidos y entonces aún admirando, él no puede evitar preguntarse dónde estará Sofía en ese momento.






jueves, 13 de diciembre de 2012

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Felinidad



El cuerpo empieza a desvanecer en una boca totalmente blanca.
Estoy desnuda.
Allá camino por el callejón mientras arriba, por las altas construcciones negras, él me sigue.
Lo escucho, pero sigo.
El humo se interna en mis pulmones, el agua en mis cabellos.
La lluvia es la clara anticipación a la sobredosis de esos tipos de placeres que nos pierden incluso mucho más de lo que creemos, hasta el punto de no estar seguros si la lluvia es la anticipación o la posterioridad al hecho, hasta temer, claro. Y entonces ahí me detengo en un semáforo.
Los semáforos, como siempre.
Pasa una luz a toda velocidad y se escucha algo parecido a un desgarro, algo que fue antes o después.
Él Allá arriba también se detuvo.
Quizás hasta la lluvia cesó por un instante y entonces estoy Acá, desnuda y el agua se desliza fríamente por mis pies. Comienza a subir.
Los ojos abiertos.
Después o antes, en ésa Habitación las ropas empiezan a caer, casi como en el Allá donde la lluvia resbala por los hombros y él me sigue, con los ojos fijos en mi pies. Quizás también en mi boca con lunar.
Se infiltra por cada centímetro de piel ese frenesí violento que es la seguridad que lo que sucede es totalmente real.
Nos miramos.
Se miran mientras Acá el agua ya llegó hasta mi omblligo, pero respiro.
Entonces la Habitación y por lo tanto esa mirada que desenvuelve sistemáticamente el ritual. Las pupilas llenas de noche que late, la piel llena de ojos que observan, las siluetas llena de sangre que embriaga, y una caricia tan felina como el terciopelo rozando los labios o el razo como agua en los pies.
Allá, el semáforo se puso en verde y respirando la última pitada apago el cigarrillo con mi bota izquierda.
Comienzo a correr.
Él también, corre como si fuera una línea que salta, enviste las edificaciones como si fueran las manos de aquélla Habitación que me toman de la cintura y el que me sigue desde los edificios entonces observa el momento preciso en que las uñas se clavan en la espalda de aquélla habitación y entonces lo supimos, nuestras manos como el galope de un caballo desenfrenado, es decir, libre.
En la habitación, el aire se enturbia hasta que los poros de la piel son obligados a la decapitación más peligrosa que es la expresión de la pasión, de cuerpos vivos como un río en una tormenta, y ésa tormenta vibra entonces desde la oscura línea de las lenguas ásperas hasta llegar a los cabellos totalmente desparramados en la cama.
Allá, la corrida le voló el sombrero y ella llegó con el pecho agitado al Río. Él también se detuvo, la miró con esos ojos de noche sobre los tejados de cualquier ciudad.
Antes o después, ella despertó en la cama sintiendo el temblor de la excepción y aún así encendió un cigarro y decidió irse, dejando al hombre de manos como caballos totalmente dormido, pero para siempre.
Allá, frente al Río de brisa nocturna y desesperada, casi como si supiera, ella se descalzó. El gato la miraba desde el asfalto de la calle, siempre desde el gris de la calle con lluvia.
Acá, Allá y en la Habitación sintió el choque de la piel de los pies con el agua y sus pulmones llenos de humo.
La ciudad con su lluvia sin tiempos ni espacios, con sus Acá, Allá y Habitación era entonces el lugar donde éstos dos suicidas se ahogaban deliberadamente en esa tormenta que es el ser humano cuando vive.

viernes, 16 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Humanimales



Los humanos prometen como si en el año entrante no festejaran su cumpleaños.

Perdón, quizás soy repetitiva.

Pero nadie puede negar que las promesas están para romperse. Lo que se promete necesita ser prometido porque existe una inseguridad irrevocable que tarde o temprano se va a hacer notar. Y Vicky, perdoname, pero esto de las promesas es un terrible fiasco.

Es extraño que un ser efímero y extraño hasta para sí mismo pronuncie palabras como siempre o nunca.



Prefiero el ahora del bar y sus arrebatos, tan dulces, mucho más reales aunque increíbles, pero reales.

El prometedor siente culpa porque algo anda mal y promete. El prometido siente sed de seguridad porque algo anda mal y demanda. Y lo peor es que la cursilería del hecho no les deja ver todo lo que hay detrás.






Yo por ejemplo, una vez tuve ocho años.

Y le prometí a mi muñeca que nunca me separaría de ella.




Y se lo prometí
 justamente después de haber llorado desconsoladamente
 porque le había arrancado la cabeza.





lunes, 29 de octubre de 2012

Amas dejarme a s í

Es un dejavú pelotudo el de reencontrarse con el mismo fantasma una y otra vez.
Aburre.
Bueno.
Sí, ya sé.
Ya sé que te dije que me iba a quedar.



Pero.



No estoy segura de tener algún que otro rincón sangriento en algunas de tus manos donde dejarme caer.
Fue.
Debe ser por la lluvia.




Pero.







Aún así, mentí.
Es decir no. 
Olvidar decir algo es como una mentira de mentiras: si de algo no tengo dudas (y por consiguiente, esto es increíble) es que las promesas están para romperse.
Sí, dejavú. Después de todo te advertí que si te escribo palabras, ellas sí tendrán un lugar en mis manos y en nuestro papel, así como también su por qué (su delicioso por qué).



Mirar a mi gato pelearse con él contra un espejo. Waw. La realidad nos regala metáforas pedorras en cualquier esquina de la casa con lluvia.
Bueno.
Pero mi gato y yo lo sabemos mejor que nadie, nos miramos y lo sabemos: nunca podremos quedarnos en el tejado de la cabeza de nadie. La excepción no existe y es demasiado cursi para nosotros.






Bueno ché. Paremos un poco la pelota.
Disculpá.
Lo que pasa es que últimamente ando demasiado epidérmica.





Qué le vamos a hacer.





lunes, 22 de octubre de 2012

Somos

 reyes inconfundibles del salvajismo de la piel y sus caprichos. 


Habrá que esperar para escuchar sus gritos y dejarse caer  en su felinidad absurda, 
y entonces sí, entonces nos perderemos entre las sábanas azules 
o ahogaremos los pies hasta sangrar y quizás tal vez, 
tal vez la palabra se deje ganar
para
quedarnos
completamente dormidos en ella.

Sólo así, nos veremos.
Solos.



Así.







Prometo no huir esta vez.